Una mañana más

Una mañana más, a Roberto le despertaban los primeros rayos de sol filtrados por los espacios de su rota y caída persiana. De nuevo, se había equivocado al poner el despertador, y de nuevo, llegaba tarde a clase. Se levantó perezoso, no se dio prisa, la hora ya estaba perdida y esperaría a la siguiente. Parecía ser una de esas frías mañanas de invierno, pero qué esperar de un piso de 80 metros cuadrados sin calefacción. A pesar de tener tiempo, no desayunó, hoy no quería coger el autobús, prefirió ir andando hasta la universidad.
Caminando por la acera, pensaba en el fracaso que le esperaba si seguía así. Trató de evadirse de sus pensamientos negativos analizando a la gente, y sus conversaciones.
Observó como una chica se enredaba en el dedo la cadena del collar. No dejaba de tocárselo y jugar con él. Por lo que parecía, no estaba acostumbrada a él, seguramente sería nuevo, y lo más probable es que se lo haya regalado el chico que la acompañaba, de mayor estatura.
Sintió frío. No se había cogido abrigo, iba con una sudadera, pero porque él así lo prefirió. Piensa que hay que aprovechar cada momento, cada situación, cada sensación. Ningún aparato de aire acondicionado podría igualarse al frío invierno al igual que ninguna manta ni radiador podría al tan caluroso verano. Le gustaba sentir. Quien no siente, no vive, según su forma de pensar.
Pudo escuchar la conversación que tenía la señora que caminaba por delante de él con su hija de aparentemente 13 años. La niña estaba empeñada en hacerse un piercing, y al no dejarle su madre, amenazaba con hacérselo ella misma. “Insensata”, pensó Roberto. Él era así a los 16, pero por lo que parece las generaciones han ido cambiando.
Consultó la hora, y vio que llegaba muy pronto, por lo que decidió sentarse en un banco que daba cara a un nuevo establecimiento de yogures helados. Pudo ver cómo la chica que trabajaba allí llegaba tarde, y también puedo ver la bronca que le echaba su jefa. Le ordenó salir a repartir panfletos anunciando el nuevo establecimiento. Tenía unas ojeras muy pronunciadas, lo más seguro es que hubiera pasado una mala noche y no hubiese llegado tarde por gusto.
Se puso en pie y caminó lo que le quedaba por llegar. Entró, y vio al círculo de amigos de siempre saliendo de la clase anterior. Se acercó a saludarlos, pero estos parecían tenerle un desprecio total.
-Me preguntaba.- Dijo Roberto, algo entrecortado.-Si me podríais pasar los apuntes de esta hora.
No hubo respuesta. Ni siquiera se dignaron a mirarle. Siempre habían sido buenos amigos, el día anterior habían ido por la tarde a tomarse algo al bar de siempre.
Se limitó a seguirles y a permanecer callado, iban a la siguiente clase. Se preguntaba qué había hecho mal. Tal vez no debería haberles pedido los apuntes como habituaba a hacerlo. O tal vez había hecho algo el día anterior que les sentó mal.
Entraron a clase, pero todos los conocidos parecían ignorarle. Se sentó próximo a Sara, la chica que se gustaba de él desde hace unos meses.
-¿Qué tal te está yendo la mañana?- Dijo inseguro. No sabía que decir para romper el hielo.
Sara se levantó y se fue al lado de Iris. Nada era lógico. No había pasado nada entre el periodo de tiempo de ayer a hoy. Intentó centrarse en las explicaciones y tomar apuntes.
Durante el transcurso de la clase, miraba a los lados. Había un continuo susurro, y resultó ser él el motivo. Le miraban fijamente, con detalle, despreciándole. Cerró los ojos, tomó aire, y salió de allí.
No sabía dónde ir ni que hacer. Caminó en el sentido contrario en el que iba normalmente, y apareció en un parque. Se sentó en un tronco caído, e intentó dibujar el edificio de enfrente. Contenía tanta frustración dentro que no lo hacía bien y se frustraba más.
Le llegó un ligero olor a vainilla. Volteó la cabeza y se encontró a una casi inexistente distancia de él a una chica que no había visto nunca antes.
-Hola.- Le dijo la chica, mirándole a los ojos y apretándose una parte del hombro con una mano. Parecía tensa, y al parecer así liberaba esa sensación.

Victoria Barriobero

Una mañana más